¿Cómo el justo podrá salvar a una ciudad?

¿Cómo el justo podrá salvar a una ciudad?

 

Para que un Tzadik, un justo pueda salvar la ciudad, debe ser capaz de influir en ella y enmendarla, así como identificarse con su dolor y orar por ella.

"El pueblo de la tierra practica la extorsión, y despoja fraudulentamente; y oprime al pobre y al menesteroso, y al extranjero le saquean sin derecho. Y busqué entre ellos hombre que construyese el vallado, y que se pusiese a la brecha delante de Mí, a favor de la tierra, a fin de que Yo no la destruyese, mas no lo hallé. Por tanto he derramado sobre ellos Mi indignación; con el fuego de Mi ira los he consumido: he dado con su camino sobre su misma cabeza", dice el Señor Dios" (29-31)

Tres profecías duras en nuestro capítulo. Los graves pecados descritos en ellas sobrepasan todo límite de rectitud y moral, de fidelidad a la Torá. Idolatría, inmoralidad sexual, derramamiento de sangre, perversión de la justicia, engaño al extranjero, falta de respeto al padre y a la madre, y más y más. Ierushalaim es peor en este capítulo que Sdom, Sodoma y Amorá, Gomorra, Admá y Tzeboim juntas. A pesar de esto y a pesar de todo lo dicho en el capítulo anterior y también en los anteriores, Dios, está dispuesto a darle a Ierushalaim el privilegio que Abraham exigió para Sdom y Amorá. El justo solitario tendrá el poder de salvar la ciudad. Pero se le exigen dos condiciones ineludibles:

a. Debe ser alguien que levante un muro, es decir, alguien capaz de luchar, al menos parcialmente, contra la maldad que se extiende en la ciudad, y alguien capaz de enmendarla en cierta medida.

b. Debe identificarse con el dolor de Ierushalaim, y estar en la brecha ante Dios y pedir ante Él misericordia por la ciudad.

Esta profecía puede arrojar luz también sobre lo que sucedió en Sdom en los días de Abraham. Es posible que hubiera algunos Tzadikim, justos en la ciudad, pero no tuvieran ninguna influencia sobre la gente de la ciudad y no pudieran enmendarla. Es posible que pudieran enmendarla, pero no se identificaron con su dolor y no rogaron ante Dios, por ella. Abraham, que rogó por ella, se identificó con su dolor, pero aparentemente se desalentó de enmendarla, pues la entregó en manos del rey de Sdom después de haberla salvado de las manos de Quedorlaomer y sus aliados, y no exigió, en virtud de su salvación, supervisar la ciudad y sus acciones.

Moshé, nuestro maestro, es el buen ejemplo en su enérgica respuesta al episodio del becerro de oro como alguien que levanta un muro y se pone en la brecha ante Dios para que no destruya. En la profecía de Yejezkel sobre Ierushalaim no hubo alguien como en la profecía de Moshé.

 

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