Cuando contemplamos el cuadro completo, vemos a un profeta que escucha a su Dios y Le teme, aun cuando se dirige a Él de manera dura e incisiva. Y ese mismo profeta despliega ante nosotros en su plegaria una imagen de los caminos del Señor que es más grande que la realidad que se revela ante nuestros ojos.
Y al final, una plegaria. Javakuk se atreve a hacer lo que nosotros deseamos y no siempre nos atrevemos.
Javakuk se dirige a Dios y clama que permanece sin respuesta. Javakuk cuestiona el orden del mundo y se pregunta si éste refleja una presencia divina. Javakuk inquiere cómo es posible suponer que la Torá de Dios es divina, frente a las injusticias que existen en un mundo conducido por Quien la dio. Javakuk vuelve, exige y no cede, hasta recibir una respuesta divina.
Y entonces llega su plegaria.
La imagen que se revela ante nuestros ojos cuando tenemos el privilegio de contemplar el cuadro completo es la de un profeta que escucha a su Dios y Le teme. Y comprendemos que sólo habíamos visto la mitad del cuadro. La actitud de dirigirse a Dios puede ser algo duro y penetrante, pero ello expresa únicamente un lado de la relación entre Javakuk y su Dios. El profeta que supo mantenerse erguido y clamar, inclina ahora la cabeza y describe el poder del Señor y Su grandeza. Despliega ante nosotros en su oración una imagen que es más grande que la realidad que se revela ante nuestros ojos — una realidad que abarca los cuerpos celestes y toda la extensión de la tierra.
Cuando contemplamos el cuadro completo, nos resulta difícil distinguir entre la realidad concreta y la realidad divina. Y aprendemos junto con Javakuk que hay razones para no atreverse. Que la imaginación supera a la realidad. Y que los caminos del Señor son más grandes que la imaginación humana. Por ello, el acorde final de Javakuk es el regocijo y la alegría. Éstos nos permiten soltar la idea de que debemos atrevernos, nos ayudan a sentir que no siempre podremos recibir del Señor una respuesta comprensible.
Gentileza sitio 929.