Resulta que todo el asunto de la redención no es simple en absoluto, y aún más difícil es la comprensión de las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel. Sobre esto es el gran asombro de Irmiahu en nuestro capítulo.
Cuando se escuchan los sonidos de la guerra en las puertas de Ierushalaim (los babilonios asedian Ierushalaim desde hace más de un año), Dios le cuenta a Irmiahu que su primo Janamel está a punto de llegar a él para proponerle comprar su parcela de campo, según las leyes de redención que tienen su origen en el libro Vaikrá. Irmiahu no se encuentra en su casa ni tampoco en Ierushalaim. Está preso por orden del rey Tzidkiahu, en el patio de la guardia (= la prisión real) debido a sus duras profecías sobre el amargo destino de la Ierushalaim sitiada, que se espera se cumpla pronto. A pesar de esto, aparentemente tras grandes esfuerzos, Janamel logra llegar hasta Irmiahu. Allí, Irmiahu realiza la ceremonia de compra de la tierra con todos sus detalles, como si no hubiera guerra en Ierushalaim y como si Irmiahu fuera a materializar la compra, a pesar de estar preso y nadie sabe qué deparará el día.
Y en verdad, el asunto constituye un enigma también a los ojos de Irmiahu. Él eleva una oración de perplejidad al Creador del mundo. Pues Tú conoces todo y ves todo, ora Irmiahu, tus caminos de gobierno en el mundo son medida por medida, y Tú actúas con el método de recompensa y castigo: "para dar a cada cual conforme a su proceder, y según el fruto de sus obras” (versículo 19). Hiciste grandes milagros para tu pueblo desde el día de su salida de Egipto hasta su llegada a esta buena tierra. Ellos te respondieron con grandes pecados y con negativa constante a escuchar tu voz. Y en efecto, tu medida de justicia los golpea en estos días, como se merecen: "he aquí que los terraplenes ya llegan a la ciudad para tomarla, y la ciudad está ya entregada en mano de los kasditas (caldeos) que pelean contra ella... y lo que has hablado está hecho ya..." (versículo 24). Si así todo está en orden desde la perspectiva de la justicia divina y la destrucción es un hecho. ¿Por qué entonces me ordenaste comprar un campo en estos días turbulentos? ¿Qué significado tiene la compra de una tierra que no podré materializar, pues: "y la ciudad está ya entregada en manos de los Kasditas (caldeos)" (versículo 24)?
La respuesta de Dios a Irmiahu es: "He aquí que Yo, el Señor, soy el Dios de toda carne: ¿habrá acaso cosa alguna demasiado difícil para Mí? (versículo 27). Esta es en verdad una pregunta muy difícil. Es difícil porque la pregunta se dirige al profeta que conoce la respuesta a esta pregunta, y es difícil porque el asombro de Irmiahu no es aparentemente comprensible, ciertamente hoy es la destrucción, pero mañana vendrá la redención, ¿acaso hay algo imposible para Dios?
Pero resulta que todo el asunto de la redención no es simple en absoluto, y aún más difícil es la comprensión de las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel. Según la comprensión simple, Dios trajo al pueblo de Israel a la tierra de Israel, el pueblo pecó contra Dios, durante la mayoría de los años de su residencia en la tierra, excepto períodos escasos. Los profetas verdaderos advirtieron al pueblo de Israel sin cesar, por lo tanto es claro que el castigo que está por venir sobre sus cabezas de manos de los babilonios está justificado según toda medida de verdad. Pero existe un componente adicional en las relaciones no simples entre Dios y su pueblo. El componente adicional es el pacto de los patriarcas.
Este pacto antiguo hace que Dios esté ligado a nosotros y nosotros a Él, con cuerdas de eternidad. Por eso siempre, después del período de sufrimiento que pasa sobre nuestro pueblo, y solo Dios conoce su fin, vendrá un período de restauración y construcción. El cambio físico será acompañado por un cambio espiritual profundo. El comportamiento moral bueno y correcto debe ser parte del proceso de redención. Este proceso espiritual vendrá de arriba hacia abajo, para asegurar que el pueblo de Israel sea digno de la redención.
Este secreto está oculto incluso a los ojos de Irmiahu y por eso se le requiere el acto simbólico de la compra de la tierra. Precisamente en el momento álgido de la desesperanza se debe plantar en los corazones una chispa de esperanza hacia la redención que ciertamente vendrá por manos del redentor del pueblo de Israel.
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