El triste relato de los sueños del hombre

El triste relato de los sueños del hombre

Ya conocemos el final del reino de los Jashmonaim, sus sacerdotes y sus reyes, la mayoría de los cuales no eran dignos de sus coronas ni de su función. Zejariá, desde su lugar, aún no puede ver todo esto, ni hacia dónde se desarrollará. Solo puede aspirar a la siguiente estación que él conoce: el retorno a Tzión, la restauración de la monarquía de Iehudá y del sacerdocio del Templo a su lugar. Este es, en esencia, el triste relato de los sueños del hombre.

Como es su costumbre, Zejariá profetiza aquí en nuestro capítulo una profecía optimista de tranquilidad y consuelo. De día y de noche está ocupado con el retorno de los exiliados de Bavel, Babilonia a la tierra. Para él, una realidad de monarquía y sacerdocio en Eretz Israel es una realidad maravillosa y anhelada.

Para realizar su visión, corre presuroso a las casas de los ricos de Bavel — los judíos del exilio — Jeldai, Tobiá, Yedaiá y Yoshiá, toma de ellos plata y oro en abundancia, los deposita en manos de un orfebre hábil, y le encarga dos coronas: una corona de sacerdocio y una corona de realeza. Ambas las colocará él mismo, o la historia, sobre las cabezas de los candidatos adecuados: el rey que habrá de venir y el Cohen Gadol, el Sumo Sacerdote.

Pero en este acto lo acompaña la amarga risa de la historia: todo hombre, aunque sea un gran profeta, solo puede contemplar desde la realidad de sus días y desde la conciencia en la que vive. Como tal, hay un límite a su capacidad de prever. Más grave aún: hay cosas que esperábamos enormemente, con la esperanza de que estaban a punto de llegar — y entonces el sueño se estrella contra las rocas de la realidad.

Este capítulo nos cuenta, a nosotros que estudiamos en las generaciones tardías, el triste relato de los sueños del hombre. Ya conocemos el final del reino de los Jashmonaim, sus sacerdotes y sus reyes, la mayoría de los cuales no eran dignos de sus coronas ni de su función. Zejariá, desde su lugar, aún no puede ver todo esto, ni hacia dónde se desarrollará. Solo puede aspirar a la siguiente estación que él conoce: el retorno a Tzión, la restauración de la monarquía de Iehudá y del sacerdocio del Templo a su lugar.

Una lección de humildad aprendemos aquí: poner nuestros sueños en perspectiva. Y quizás también una pequeña identificación: también a nuestros padres y abuelos, la historia los colocó en el lugar de Zejariá, unos dos mil años después de él, en el umbral de una pequeña redención. Ellos soñaron con el retorno a Tzión, y este se cumplió, en sus propios días.

Y sin embargo, a nosotros, sus nietos, la realidad nos decepciona una y otra vez. ¿Fueron colocadas las coronas sobre las cabezas correctas? ¿Se anhelará el liderazgo, y surgirá la conducción política digna? Estas preguntas siguen siendo formuladas y continúan, con una profunda plegaria de que esta vez, quizás, sí.

Editado por el equipo del sitio del Tanaj

Gentileza sitio 929

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