Antes del reconocimiento universal del reinado de Dios se describe un proceso de humillación del ser humano y de golpe sobre él. Pareciera que solo de esta manera logrará el hombre, tan lleno de sí mismo, hacer lugar a Dios.
Muchos han señalado que el capítulo 14 del libro de Zejariá evoca el capítulo 2 de Yeshaiahu. En ambos se menciona una redención milagrosa, ambos describen una transformación geográfica en Ierushalaim y en el Monte del Templo, ambos describen el reinado de Dios sobre todo el mundo, y ambos describen una situación en que todos los pueblos sirven a Dios.
Un punto adicional de semejanza entre ambos capítulos es la humillación del ser humano y el golpe sobre él, antes del reconocimiento universal del reinado de Dios.
En Yeshaiahu el golpe recae sobre el hombre en cuanto tal: "tanto se ha rebajado el hombre y se ha humillado el varón... Los ojos altivos del hombre serán abatidos, y la soberbia de los hombres será humillada, y el Señor solo será ensalzado en aquel día " (Yeshaiahu, capítulo 2, versículos 9-11). En Zejariá el golpe recae sobre los pueblos, sobre las naciones y sobre Iehudá: "se pudrirá su carne estando ellos aún de pie, y se pudrirán sus ojos en sus cavidades, y su lengua se pudrirá en su boca. Y sucederá aquel día que habrá entre ellos un gran pánico del Señor... También Iehudá peleará en Ierushalaim..." (versículos 12-14).
El propio Zejariá compara su profecía con lo ocurrido en días de Uziahu: "huirán tal como huyeron a causa del terremoto en los días de Uziahu, rey de Iehudá" (versículo 5).
¿Por qué es necesario humillar y herir a los seres humanos para engrandecer a Dios? ¿Acaso Dios no es suficientemente grande? ¿No puede Dios ser grande también junto a hombres grandes?
Al parecer, Yeshaiahu y Zejariá comprendieron un punto de enorme significado: la pregunta no es qué puede ser Dios, sino qué puede contener el ser humano. Cuando el hombre está lleno de sí mismo y se siente grande e importante, no deja lugar ni siquiera a Dios. Un hombre grande, sabio, respetado e importante, que no se percibe como tal frente a Dios, puede hacer lugar a un Dios grande y temible y servirle sin sentir que su dignidad queda menoscabada. Pero cuando el hombre está ocupado todo el día con su honor, su grandeza y su riqueza, le resulta difícil admitir la presencia de un Dios todopoderoso a su lado.
Y entonces es necesario empequeñecer al hombre para engrandecer a Dios.
Así fue en el siglo VIII a.e.c. en la época de Yeshaiahu.
Así en el siglo VI a.e.c. en la época de Zejariá.
Y así también desde entonces hasta nuestros días.
Gentileza sitio 929.