Este capítulo aborda la reprensión irónica al reino de Babilonia, donde se profetiza su ruina absoluta describiéndola como una reina destronada que debe sentarse en el polvo. Se explica que, aunque Dios entregó a Israel en manos babilónicas como un instrumento de castigo divino, Babilonia se ensoberveció, actuó con extrema crueldad —incluso contra los ancianos— y creyó falsamente que su victoria se debía a su propia fuerza. A través de esta crítica, apoyada en las leyes de Teshuvá de Maimónides, se ilustra un principio fundamental de los profetas: el libre albedrío y la total responsabilidad de las naciones por sus excesos y falta de piedad, concluyendo el capítulo con una burla a la ineficacia de la astrología y la sabiduría babilónica para predecir su propio ocaso.