La riqueza es un valor

La riqueza es un valor

Entre la multitud de pares que trata el libro de Mishlei y que representan dos polos, uno bueno y uno malo, aparece sorprendentemente también el par 'rico y pobre'. ¿Cuál es el significado de esto?

Toda la segunda compilación del libro, que comienza en el Capítulo 10, parece como una gran acumulación de proverbios, sin ninguna conexión entre proverbio y proverbio. Si recibiéramos esos proverbios en otro orden no sentiríamos ninguna diferencia. Pero esta característica no debe engañarnos: a pesar de este revoltijo imposible, aquí se presenta una cosmovisión muy clara y muy ordenada. Y se presenta a través de los pares de términos opuestos que casi todos los proverbios contienen.

"Cuando viene la soberbia, viene también la deshonra, pero con los humildes está la sabiduría. La integridad de los rectos los guiará, mas la perversidad de los pérfidos los destruirá. De nada sirven las riquezas en el día de la ira, mas la justicia libra de la muerte. La justicia del hombre sincero allana su camino, pero por su misma maldad caerá el hombre malo" (Capítulo 11, Versículos 2-5). Soberbia — humildes; rectos — pérfidos; riquezas — justicia; sincero — malvado. Y así a lo largo de toda la compilación: diligente — perezoso. Rico — pobre...

Un momento. ¿Rico y pobre? Pues todos esos pares nos ofrecen dos polos, uno bueno y uno malo. El sabio es bueno, el necio es malo. El justo es bueno, el malvado es malo. El diligente es bueno, el perezoso es malo. El íntegro es bueno, el torcido (el que anda por caminos torcidos, retorcido, 'taimado' en nuestro lenguaje) es malo. Pero ¿qué hace aquí el par "rico — pobre"? ("Pobre permanece aquel que trabaja con mano negligente; pero la mano de los diligentes enriquece" — Capítulo 10, Versículo 4; "Hasta de su mismo prójimo es odiado el pobre; pero los amigos del rico son muchos" — Capítulo 14, Versículo 20; "Todos los días del afligido son trabajosos; pero el que es de corazón alegre tiene un banquete continuo" — Capítulo 15, Versículo 15, y más).

Y he aquí que se nos presenta la escala completa: de un lado — el sabio, el diligente, el moderado, el humilde, el justo — y el rico; y del otro lado están el necio, el perezoso, el pendenciero, el arrogante, el malvado — y el pobre. Sí, sí, dice Shlomó. No solo que "es mejor ser joven, sano y rico que viejo, enfermo y pobre", como dice Tevye el lechero. Es también más moral. Es decir, la pobreza es señal del camino de vida que no se esfuerza, que no escucha los consejos, que confía en el milagro, que actúa con irresponsabilidad.

Por supuesto, él reconoce también que existen ricos malvados, que hacen fortuna de manera injusta; y si los hay, alguien se volvió pobre como consecuencia de sus actos, y no necesariamente como consecuencia de los suyos propios. Y aun así, dice el sabio, en términos generales, como sociedad, como modo de vida, la distinción es correcta.

Nos rebelamos hoy al escuchar esta jerarquía. Nuestro ethos es casi el opuesto hoy, el rico es casi siempre sospechoso ante nuestros ojos, y a los justos ocultos los buscamos precisamente entre los pobres. Pero Shlomó vive en una sociedad que trabaja, comercia, administra relaciones internacionales, que toma su destino en sus manos.

Y si nos parece que el estilo de vida del creyente obliga a elevar los ojos hacia arriba y pensar que todo está en manos del Cielo y que a lo sumo tenemos que aparentar que nos esforzamos, para no menospreciar los dones del Cielo, viene este libro y nos lanza a la cara: perezosos, no conviertan en ideología su incapacidad de asumir responsabilidad por sus propias vidas. La fe en Dios significa asumir responsabilidad. Vayan a trabajar y sean honestos, y al final el honor y la riqueza llegarán también ellos.

Gentileza sitio 929

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