El propósito de la ofrenda es expiar por quien entra a presentarse ante la presencia de Dios. La expiación es dolorosa, pero el dolor debe ser, en primer lugar y principalmente, por el pecado mismo.
Cuando participé recientemente en la víspera de Pesaj de una demostración pública de la ofrenda de Pesaj, que estamos destinados a cumplir, con la ayuda de Dios, pronto en nuestros días, me recibió a mi salida una manifestación de protesta. El cartel principal en ella proclamaba la profecía de Hoshea (6): "Porque quiero la misericordia y no el sacrificio, y el conocimiento de Dios más que los holocaustos (ofrendas)".
En el aspecto interpretativo del versículo, me parece que los portadores del cartel se equivocaron. La sintaxis bíblica justifica en este versículo la interpretación: 'Porque quiero la misericordia y no solo el sacrificio'. El sacrificio no es un sustituto de la misericordia, pero Dios también desea el sacrificio que viene de un corazón puro y con manos limpias, y la Torá está llena de Su deseo por el sacrificio.
Pero la pregunta esencial que plantearon los manifestantes sobre la práctica del Pesaj es una pregunta correcta.
No podremos discutir aquí sobre todos los sacrificios ni tampoco sobre el de Pesaj. Discutiremos solo la línea central en ellos.
El centro del Templo no es la ofrenda, sino el Arca de la Alianza, y en ella las dos Tablas del Pacto y el rollo de la Torá, sobre ella se escucha la voz de Dios guiando a Su pueblo desde entre los dos querubines:
"Y al allegarse Moshé a la Tienda de Reunión para hablar con El: oía la Voz -que le hablaba a él- por sobre el Propiciatorio, que estaba sobre el Arca del Testimonio, de entre los dos querubím, y así le hablaba a él" (Números 7).
El Templo es el lugar del encuentro entre el pueblo y su Dios. Desde el Templo el pueblo escucha la palabra de Dios a través de Sus profetas. En el Templo, en la Cámara de Piedra Labrada, se sientan los Sabios del Sanhedrín e interpretan la voluntad de Dios en la Torá, y guían según ella los actos del pueblo. El Templo es también una casa de oración, y a través de él asciende la plegaria del pueblo a su Dios. Todo esto aún no requiere sacrificio. Recordemos que el altar del holocausto (y demás ofrendas) está fuera del Templo, ¡en el atrio!
La entrada a la casa de Dios requiere expiación y purificación. En el atrio del Templo hay un mar (de Shlomó) y fuentes, y su función es purificar al que entra adentro (los baños rituales están completamente afuera). La función del altar es expiar por quien entra a presentarse ante la presencia de Dios. Sin expiación no podrá presentarse ante la presencia de Dios. La expiación incluye arrepentimiento y corrección, y sin ellos no hay sentido para la ofrenda. La expiación incluye oración, que viene junto con la ofrenda. La expiación incluye también la ofrenda misma. La expiación es dolorosa. Incluye la salida del alma del animal en lugar de la muerte del hombre, y quien expía experimenta la salida del alma del animal y comprende bien la intención y el dolor. Una expiación que no duele no es expiación, y tampoco traerá la corrección de los actos.
El dolor de los manifestantes por el sacrificio del animal es justificado, pero el dolor debe ser, en primer lugar y principalmente, por el pecado mismo. El dolor por el sacrificio del animal surge de él. Quien busca un mundo perfecto sin pecado y sin dolor, al menos en la etapa actual del mundo, se engaña a sí mismo con una ilusión falsa.